De los orígenes sólo recuerdo que en mi casa, ininterrumpida e invariablemente, de 9 a 22 se cebaba mate, empezaba mi madre hasta las 11, y luego la seguía mi hermano, mientras hacían sus cosas. Cuando uno se iba a trabajar, el otro lo reemplazaba, y siempre había un mate listo para tomar. Yo no tuve necesidad de cebar mate hasta que mi hermano se casó y me encontré sola en horas en que mi vieja estaba trabajando. Pero en ésas épocas ya tenía amigas, y Carina venía temprano y ponía ella misma la pava, y pasábamos la hora de la siesta contándonos cosas y proyectando con la pava al lado y fumando. A la tardecita nos juntábamos con los pibes y mientras ellos tomaban gaseosa, Lizzi, Virna, Carina y yo seguíamos tomando mate hasta las 10 de la noche que nos separábamos para irnos cada una a su casa.
Luego llegaron los amigos, que también gustaban del mate. Y venía Fabi a casa y me pedía poner la pava. O caía el Negro Dani y la ponía él. Si estaba el Colorado lo hacíamos cebar, porque cebaba unos mates irrepetibles, pero le cambiaba seguido la yerba, cosa que a mi entender un buen cebador no debe hacer. Si estaba Pitu se armaba cada rosca porque Pitu no quería que se cambie tanta yerba. Más por amarretismo que por convicción. Pitu tenía la costumbre de tomar el mate como venía, y, si la tarde era larga, lo tomaba hasta que la yerba se ponía azul. Obviamente, la compañía le iba menguando con el paso de las horas.
Todos usamos pava mientras se pudo, hasta el día en que nos llegó la crisis y decidimos comprar un termo. Me resistí durante mucho tiempo, pero la comodidad de no tener que calentar el agua a cada rato pudo más que el respeto a la tradición. De mis compañeros de bombilla, sólo mi amiga Cari pudo resistirse al encanto del termo. Hasta el día de hoy Cari me escucha subir y pone la pava, y ceba el mate recontracaliente, aunque se haya cortado la luz y haya una térmica de 38º C a la sombra. Y lo vuelve a calentar apenas se enfría un poco. Y a veces me da esos mates lavados y calientes que tanto detesto, pero me los tomo despacito sin decir nada, para no arruinar el momento.
En cambio a Eri le gusta el mate como a mí. Nos gusta que se vaya enfriando a medida que se va lavando un poco. Cuando ella llega – eso sí - hay que empezarlo de cero, no le gusta tomarse el primero un poco lavado. Yo soy igual.
El que no tiene problemas es Ade, a él le gusta el mate como sea, y si está un poco frío y lavado, mejor todavía. No le gusta cebar, pero al menos no es pretencioso como mi hermano, que no cebaba pero no lo quería lavado. Mi hermano era el Mate-Nazi. A Ade el mate siempre le parece rico, menos cuando quema. Ade es capaz de tomarse el mate que quedó cebado del día anterior.
La mejor cebadora de mate que conozco es mi vieja. Siempre está bien, siempre está rico. Le gusta razonablemente caliente y lo “arregla” de vez en cuando. Cuando lo arregla le queda como recién empezado, a mi nunca me salió eso. Es de las que disfruta de tomar mate sola, como yo. Porque vieron que hay gente que no toma mate solo. Se privan de ese placer de poner la pava para uno mismo… es extraño. Algunos dirán “Ah, yo cuando estoy solo me hago un mate cocido y es lo mismo” como si realmente lo fuera. Como si el mate fuera sólo esa suerte de infusión, como si no fuera la excusa para hacer otras cosas: leer, escribir, charlar, o estar en silencio con alguien, o sólo pensar. O, como dijo
Casciari: como si no fuera
lo contrario a la televisión.